Ayer estaba viendo en la segunda cadena de televisión una película basada en hechos reales sobre la historia de una favela brasileña que me dejó un regusto amargo.
Como es habitual en mí, a cada intermedio, durante los anuncios, cambiaba de canal, método infalible para perderme momentos estelares de lo que esté viendo, porque me olvido y vuelvo a los orígenes cuando el programa lleva un tiempo reiniciado.
Ayer, durante uno de los intermedios recalé en la Cadena Cinco, que echaban CSI, donde escuché que hablaban sobre “La Fruta Mágica”.
Tenía a mano mi ordenador nuevo que es de esos portátiles, y busqué en el rastreador de esto de los Interneses “Fruta Mágica”.
Mi sorpresa fue que lo escuchado en CSI es verdad, que existe una baya que a quien la prueba le cambia el sentido del gusto, cuyo nombre científico es synsepalum dulcificum. Dicha baya contiene una glicoproteína conocida como miraculina. Mientras la fruta es consumida, la miraculina se esparce sobre toda la lengua y bloquea las partes que pueden reconocer los sabores amargos y agrios. El efecto de la miraculina dura de 30 a 60 minutos. Es decir, que durante ese tiempo, después de comer la baya, el tabasco te sabe a donuts caliente y la cerveza a malteado de chocolate.
En la misma información decía que en Estados Unidos se organizan grupos para experimentar con ella; si pulsas Aquí, puedes ver un vídeo donde se ve a personas probando las bayas.
A mí esas cosas me gustan, que si yo tuviera bayas de esas, invitaría a amigos para prepararles menús en los que daría suelta a mi imaginación.
¿Os imagináis a qué rayos pueden saber unas anchoillas en aceite con crema de nocilla al tabasco sobre base de ajos? ¿Y el sabor de eso mismo después de comer la fruta que cambia los sabores?
Las juergas que yo organizaría si tuviera bayas de esas, serían jornadas gastronómicas llenas de humor y sorpresas.
La baya puede tener otras aplicaciones que ya están siendo investigadas por la ciencia, como eliminar en medicinas sabores para que las tomen sin reparos los niños... y los mayores. También puede servir, pienso yo, para combatir el hambre en el mundo con productor hasta ahora incomestibles por el sabor pero ricos en nutrientes; en caso de que existan, claro.
Pensando en escribir este artículo he fantaseado con la existencia de “fruta mágica para el espíritu”. ¿Que la vida te proporciona una desgracia? Pues te comes una de esas frutas imaginarias y tan feliz. ¿Que viene un pelma a tu casa y no hay forma de echarlo? Pues otra fruta y a disfrutar de la tediosa compañía.
Pero no tengo claro si sería conveniente la existencia de esa “fruta mágica para el espíritu”, porque entre la química que ya evita el sufrimiento físico, y la fruta mágica para el espíritu que nos libraría de los psíquicos, el dolor desaparecería entre los humanos. Pero sin sufrimiento, entre ellos el empático, ¿seguiríamos siendo humanos en cualesquiera de sus acepciones?
Esta mañana he coincidido con Gustavo por la calle, lo que es habitual porque su comercio y la tienda para la que coso están muy cerca.
Últimamente, cada vez que nos vemos, me pregunta qué tal las hierbas de infusión que me trajo como presente. Hoy no. Hoy me ha preguntado si todavía me queda. Muy poco. Como mucho para una infusión suave, le he contestado.
-Pues no te preocupes porque te he traído más. Ésta es de otra planta. Te he traído poco porque casi no me ha sacao. Y la planta que queda secando también ha venido con poco cogollo. Y yo que me había hecho ilusiones de que con los calores que hemos sufrido tendría mucha y buena… Ah, ya te he guardado la paja –dice refiriéndose a los restos de su planta con lo que estoy haciendo licor para friegas en las articulaciones; lo que temo es que por un error no sirva para hacer fricciones, pues en vez de macerar las hierbas en alcohol, las estoy macerado en crema de anís. Lástima, tendré que beberlo.
Como casi eran las once, la hora que JL cierra su tienda para almorzar en la Cafetería Koppo, hemos ido a buscarlo.
-Mira lo que he traído. Es de la planta nueva. ¿Lo probamos en la trastienda?
JL ha cerrado la tienda y lo hemos probado. Yo no le he hecho ascos, que llevaba días con ganas.
Procuro restringir las infusiones al fin de semana. El martes pasado, durante un sorpresivo y brutal ataque de morriña, sentí tentaciones de prepararme una, pero me resistí.
Estoy feliz, eh, digo por lo de la morriña, que si me dicen que volverán los viejos tiempos pasados me llevo un disgusto, pero me entró la morriña de hogar. No es que ahora sienta que no lo tenga, pero añoré el pasado, el legendario, donde una chiquirriquitina con mi mismo nombre corría por él.
Y digo el legendario porque ya se encargó la caprichosa morriña de olvidar los malos momentos para centrarse en lo bueno y ya irrepetible. ¿Por qué añoro esos paseos sabiendo que sus calles están vacías de todo lo que no sea despojo y mugre? ¿A qué viene recordar lo bien que me sentía olvidando penurias e incomodidades?
Bueno, a lo que iba, que el martes me dio un ataque de morriña y de los gordos, y desde entonces estaba con ganas de tomarme una infusión con la intención de abandonarme un rato a la melancolía.
El caso es que esta mañana no le he hecho ascos a lo que ha sacado el Gustavo. Hemos dejado en la tienda del JL tal olor delator que ha decidido no reabrir el comercio durante el resto del día, y quizás influido por las hierbas, hacer del almuerzo una fiesta en honor de San Me Da La Gana.
Hemos comido dos platos de pan con tomate, aceite y bien de jamón, dos cazuelicas de ajoarriero, otras dos de gambas al ajillo, y a cada una de chistorricas, relleno y morcilla. Luego, claro, cafés, y ellos copa de ron y puro; mi café ha sido de los de con picardía.
Nos han dado las cuatro entre comer, beber, que han sido dos botellas de vino, y el mucho reír, que en todo tiene su influencia las hierbas. El Gustavo, para corresponder a la invitación de almuerzo de lujo del JL, nos ha invitado a ir al frontón; Si conseguimos entradas, que hoy hay unos partidos muy buenos.
El JL ha aceptado su propuesta. Yo no, que estaba deseando venirme a casa, vacía porque la familia ha querido aprovechar este buen tiempo para irse a la Casa Rural, y prepararme una ceremonia de melancolía.
He sacado de mi armario la curiosa taza que me recuerda a quien me la trajo de países lejanos en tiempos en los que mi hogar era otro.
La cucharilla que yo misma tallé con madera de un olivo que planté en un rincón de la huerta y que tuvimos que talar porque dañaron sus reíces un desprendimiento.
Dos magdalenas de las caseras que me dio la Margarita cuando estuve en el Pueblo que saben a tiempos pasados, cuando era yo quien las horneaba con tanto amor.
El licor, que no es el que hacía yo con hierbas que buscaba por los montes, menos una que sólo se daba en terrenos que no eran míos y que tenía que recolectar de madrugada con cuidado de que no me vieran.
No, las hierbas del licor que me he servido no son con las que en el Pueblo hacía mi licor. Las hierbas del licor que me he servido son de las que me ha traído como presente el Gustavo, que ya os tengo dicho que he hecho licor.
Me he puesto esta canción con la que me siento identificada, y por un momento he vivido en una fría cueva, rumiando lo que perdí, recordando el sabor a miel ya digerida.
MERMELADA DE MORAS.
Gatos trasnochadores cortejan bajo el balcón. Canarios de las Ramblas, y un geranio sin flor. Bailando calle abajo la noche al fin se marchó... ¿Dónde vas, parrandera, si "El Molino" cerró.
"Canción de mañanada": -Serrat en un transistor, y un coro de vecinas en el patio interior.- "Canción de mañanada".¡Qué lejos queda Aragón!.. Casa mía entre barzas,¿cómo te olvido yo?...
Mañanita de domingo, como en casa del mayor; se irán luego a ver al Barça, y yo con la nieta al zoo. Mañanita de San Jorge, triste sin libro ni flor: ...Cuando pierde a la princesa, ¿para qué vive el dragón?
No lo sé, pero vive, lo mismo que vivo yo, hasta que un santo bruto nos clave su lanzón. Vive en su fría cueva, rumiando lo que perdió: Mermelada de moras, los recuerdos de amor.
Moras del Pirineo, donde nacimos los dos: a ella la echó un pantano, yo quise algo mejor. Rueda que rueda el mundo, con él rodando ella y yo... en este piso oscuro el rodar terminó.
Ojos como moras negras, en la noche de san Juan un entoldado de estrellas sobre la calle Rosal. Giró el mundo en su verbena, y giramos sin pensar que con cada giro, el baile se acercaba a su final.
Mi viejo Pueblo Seco, -donde viví, moriré...-, sin perder lo que era me hizo barcelonés. Y ahora, uno de mis nietos va a cursos de aragonés, anda soplando gaitas... y pretende volver.
Quiere hacerme de la Chunta,-...¡si soy de la C.N.T.!-; me trae las "Fuellas", el "Rolde", y "El Cruzado aragonés". ¡La de vueltas que da el mundo! ¡Si ella lo pudiera ver!... El camino que unos hacen, otros lo han de deshacer.
Como cada Septiembre desde que ella no está subiré a nuestro valle...si me quieren llevar. Junto a la casa hundida,-por ella y por tantos más-, ¡le escupiré al pantano!,...y lo haré sin llorar.
Despacio, entre las ruinas, cosecharé en el barzal moras como sus ojos, dulces hasta rabiar. No es raro que mi hija me las quiera racionar: -"Padre, esa mermelada con su azúcar va mal."
-...¡Si supieras que al comerla vuelvo a ver la casa en pie, y en los labios de tu madre una gotita de miel! ¡Ojalá vivas bastante para descubrir por qué mientras unto mermelada tú eres mi niña otra vez!
...que el recuerdo vuelve tierno hasta el pan duro de ayer.
El día de difuntos fuimos al Pueblo para adecentar la tumba familiar. Ahí nos encontramos con la Juanita, la segunda de Casa Alforjas, que nos puso al corriente de novedades sobre quienes habían sido nuestros vecinos. De esa conversación nació este artículo.
Las plañideras eran mujeres, únicamente mujeres, que por una propina, a veces sólo la comida, se prestaban para llorar a difuntos que ni siquiera conocían.
Antes más, y cada vez en menos sitios, se valoraba la categoría de un funeral entre otras cosas por el número de plañideras contratadas.
En mi valle, no se aplicaba eso de a cuantas más plañideras más suntuoso el velatorio porque plañidera no había más que una. Eso sí, muy voluntariosa.
Nacida en mi Pueblo, era hija única de Casa Calzones, y como no podía ser de otra forma, le decíamos la Lloros.
La Lloros era plañidera vocacional, que llevaba a gala no haberse perdido un funeral del Valle desde que podía recordar, y aunque no tenía tarifa, bien que se lo cobraba en comidas. Y bebidas, que nunca le hacía ascos a un vino, sobre todo si era dulce y para acompañar a pastas.
En mi Valle no hay Tanatorio, por lo que los cadáveres se velan como Dios manda, es decir, en casa, vestidos de domingo, en la cama, sobre una sábana blanca, y entre cuatro velas con sus correspondientes candelabros; ambos, velas y candelabros, prestados por la iglesia.
En mi Valle no se juzga lo suntuoso del velatorio por el número de plañideras, ni por la calidad del traje que lleva el difunto, porque lo habitual es que se lo hayan visto vestir durante años los días de fiesta, sino por los zapatos, lo limpio de la habitación y la sábana donde reposa el cadáver, pero sobre todo por las viandas.
En los pueblos de mi Valle no usamos zapatos, sería absurdo movernos con ellos en las cuadras o los campos. Incluso en las calles, que a cuatro gotas que caen se transmutan en lodazal.
En mi Valle, los aldeanos usamos albarcas, los zapatos los reservamos para los velatorio, y los más ricos hasta se entierran con ellos. El resto se los quitamos al cadáver antes de meterlo al ataúd, guardándolos con mimo, y periódicos por dentro, en su caja, hasta calzarlos al cadáver siguiente.
Como no estábamos muy puestos en zapatos, se han dado muchos chismorreos al respecto: Sobre familias, más de una, que los puso al revés; sobre Casa Lisardo, aunque ellos lo niegan, se cuenta que como el marido de su segunda tenía los pies tan grandes, para calzarlo cuando murió tuvieron que elegir entre cortar los zapatos o los dedos y cortaron los dedos, razonando en que los dedos ya no servían de nada mientras que los zapatos todavía tenían varias puestas; sobre todo un pueblo del que se dice que no tienen más que un par para todos los vecinos, y si se mueren dos a la vez tienen que pedir zapatos a amigos de otros pueblos... La versión de ese pueblo es que un vecino se enteró que una tienda les haría precio especial por comprar varios pares de zapatos del mismo modelo. Y compraron. Todos.
Es costumbre sacar algo de comer a las visitas que van a velar el cadáver, que puede ser, desde un trozo de queso o tacos de jamón con pan y un vaso de vino, hasta comidas y cenas de tres platos a base de alubias, asados, postres, vinos, copas, cafés... Las casas más opulentas también sacan pastas de las de pastelería, incluso alguna con vino dulce. Estas últimas son las indiscutibles ganadoras, y el sepelio puede ser alabado durante años, lo que les hace subir en la escala social.
La Lloros, la única plañidera del Valle, se cobraba los servicios prestados con las viandas, pero sobre todo con el vino. Y más si era del dulce.
La Lloros, lo primero que hacía al entrar al velatorio era conseguirse una silla que colocaba tan cerca del cadaver que lo pudiera acariciar, y no abandonaba la habitación sino era para ir al baño. O para cotillear lo que se preparaba en la cocina. Cualquiera que fuera el vino que se servía, no tardaba en hacerse dueña de una botella que escondía entre los bajos de sus faldas que le llegaban hasta el suelo, y cuanto creía que nadie la veía, le daba un tiento a la botella; eso al principio, que según pasaba el tiempo era menos mirada, y terminaba no privándose de beber a morro con la habitación llena de gente.
Le costaba arrancar a la Lloros, que en un principio sus llantos resultaban artificiales, pero bastaba que bebiera cuatro vasos de vino para convertirse en una auténtica virtuosa del lloro y el gemido, con sus lágrimas, golpear de pecho y mesada de cabellos.
Si algo hay que achacar a la Lloros es que era proclive a confundir el nombre del finado, sobre todo según iba vaciando botellas. Y que de vez en cuando, se pusiera en pie sobre la silla, y recitara entre lloros e hipidos:
Digan lo que digan,
¡que bonito es un entierro!
Con sus caballitos blancos,
con sus caballitos negros,
con su cajita de pino
y su muertecico dentro.
Y la viuda va diciendo...:
- ¡Amadeo, Amadeo!
¿Dónde estás, que no te veo?
- ¡Aquí dentro...
por aguantarme un peo!
E intensificaba los lloros.
La Lloros terminó sola y enferma. Fue ingresada por unos parientes lejanos en un asilo poco antes de venderle sus tierras y repartirse los dineros.
Juanita, la de Casa Alforjas, con quien coincidí en el Pueblo esta Fiesta de Difuntos mientras adecentaba el panteón familiar, me dijo que la Lloros había muerto. Lo sentí. Espero que haya sido llorada como merecía.
Va en su recuerdo "La Lloradora" cantada por La Lupe.
A quienes me conocéis, os sorprenderá que meta un anglicismo en el título de este artículo, y de entre esos, los conocidos, no faltarán quienes supongan que el anglicismo, y más éste, puede estar relacionado con el presente que me trajo el Gustavo; magnífico presente por cierto, que él se queja de poco rendimiento. Pero la cosecha ha sido buena, sino en cantidad sí en calidad, que ha dado un fruto de aroma a aceituna y un toque de pino, pringoso al tacto, que quemado produce humo de suave fragancia, con retrogusto levemente picante en boca, de paso suave y nada agresivo por garganta, de efectos mentalmente muy estimulante con cierto riesgo de embelesamiento y prolongado en el tiempo.
Pues no. Efecto de las infusiones que me hago con el presente que me trajo el Gustavo puede ser, por ejemplo, el que ayer se me pasara la parada de la Villavesa, que así llamamos en Pamplona al Transporte Urbano, y que tuviera que soportar todo su trayecto, casi una hora, que esa villavesa, la nº 12, es de las de largo recorrido; echo la culpa de mi despiste a los efectos de las infusiones porque estaba inmersa en profundas y transcendentales meditaciones sobre elementos que, ah, singular experiencia, hasta entonces no habían excitado mi curiosidad, como, por ejemplo, las fascinantes arrugas que se forman en las articulaciones de los dedos cuando se abren las manos. ¿Os habéis fijado? Es algo hipnótico. Al menos bajo los efectos de las infusiones.
Efecto del presente que me trajo el Gustavo, también puede ser la sonrisa bobalicona que últimamente a veces luzco, o cierto incidente con un anciano pulcro, pobre y educado, que sólo recordarlo, el incidente, me provoca sonrojo y que tal vez os cuente otro día.
El título de este artículo no es, como ya tengo explicado, efecto de las infusiones que hago con las hierbas que me trajo el Gustavo, sino de estos días que he estado sin Interneses, que no veáis mi suerte; y la de la familia, claro, que no podéis imaginar el genio de los críos.
Primero nos marearon por teléfono con la conexión a esto de los Interneses, hasta que conseguimos que “nos concedieran” enviarnos un técnico que, tras más de dos horas manipulando el ordenador y cambiar cuatro veces de módem, “es que alguno falla”, concluyó, por eliminación, que el problema no era de la conexión sino del trasto este de los Interneses.
Hasta que llegó el técnico ése, no podía conectarme, y cuando lo conseguía me caía continuamente, hasta el extremo de que no daba tiempo ni de comentar. ¡Cuánto me he acordado de la Skpe y de lo que me reía por sus muchas caídas! La chichones, le decimos.
Después de que viniera el técnico, ni siquiera eso, que era imposible la conexión.
Diagnosticado que la línea estaba bien, por lo que el culpable era el trasto éste de los Interneses, el Mikel propuso llevárselo para arreglar a un amigo suyo muy bueno en esto de arreglar ordenadores.
El caso es que como el amigo se lo cogió por compromiso, “que no sabes tú el trabajo que tengo”, no se le podía meter prisa, y entre una cosa y otra hemos tardado casi una semana en conocer su conclusión:
-Me he ido a meter en lo tuyo, y al ver el ordenador veo que te va a costar menos uno nuevo que el arreglar el cacharro este- y ha añadido. –Por cierto, que ahora también vendo ordenadores y a ti te haría precio.
¡Casi una semana en echar un ojo al ordenador! Que no le ha hecho nada, que ha sido el mirarlo y ver que no merece la pena el arreglo. Joe, podía haberlo visto el primer día y habernos ahorrado una confesión, que blasfemias en esta casa se han escuchado y de las gordas.
Esta mañana hemos estado el Beltrán y yo con el amigo del Mikel para ver los ordenadores que vende.
Me ha dado pena tener que jubilar el ordenador del cuarto de la Luzi; ese en el que yo me metía a esto de los Interneses. Es el primer y único ordenador que he conocido y le tengo cogido cariño.
Claro que siento más alegría que pena, porque, yo, ¡me he comprado un ordenador para mí sola!, uno igualito que el comprado por Beltrán, pero de otro color para evitar problemas y confusiones.
Mañana nos lo traen, y los conectarán a los Interneses. Ahora estoy escribiendo esto con boli y papel para pasarlo al Word y publicarlo en cuanto pueda, que tengo mono de enganche.
Además que lo necesito para mi defensa, que ya sé que la Cata y la Skpe andan diciendo por ahí que como traje cosas ricas del Pueblo no aparezco por aquí por no compartir y cosas peores. Ah, el gorrín ya está sacrificado y comido.
Pero a lo que íbamos: Que quienes me conocen se habrán sorprendido de que, yo, haya utilizado un anglicismo en el título de este artículo, y que habrá quienes culpen de ello a los efectos de las infusiones que me hago con el presente que el Gustavo me ha hecho de su cosecha. Y que no, eh, que las infusiones no tienen culpa, la culpa, de haberla, es del tiempo que he estado sin Interneses, o mejor dicho, lo que he podido hacer durante ese tiempo.
Durante este tiempo sin Interneses he podido examinarme un poco por dentro, ejercicio de introspección que le dicen, recapacitar, leer, recuperar viejas aficiones, localizarme alguna carencia…
Ya estoy de nuevo aquí, renovada, de ahí lo del NEW AGE.
Ahora me tomaré una infusión y procuraré ponerme al día.
El jueves pasado tenía escrito desde el mediodía un artículo en el que os contaba que me iba unos días al Pueblo.
Hace tiempo que no iba al Pueblo, y quería darle una mano a la casa; limpiar, cambiar las sábanas aunque no se hayan usado, darle un fuego a la cocina para calentar la chimenea y que aguante sin agrietarse el invierno, airear las habitaciones, mirar los campos, que aunque los tenemos arrendados hay que echarles de vez en cuando un ojo, hablar con los amigos... Incluso enterarme de los últimos cotilleos, que hay distancias que no se cuentan en kilómetros, y la única manera de achicarlas es a base de roce y palique.
Os decía que tenía preparado el artículo en el que os contaba que el viernes me iba al Pueblo. Y pensaba colgarlo la noche del jueves, pero antes escribí varios comentarios en bitácoras amigas. Cuando quise enviar el último comentario, recibí un mensaje de error.
La conexión estaba bien, que podía acceder a varias páginas, pero no a otras, entre las que estaban La Coctelera y el Correo. ¡Vaya por Dios!
A pesar de practicar la santa paciencia, e intentarlo de nuevo el viernes por la mañana, se me siguió impidiendo entrar a esto de La Coctelera.
Y tuve que irme al Pueblo sin poder avisaros. Ni pediros permiso. Ya perdonaréis.
En el Pueblo me reencontré con quien había sido; una aldeana que vivía no sólo en otro lugar sino también otra época, que no es poco atraso el de no tener en casa electricidad ni teléfono. Además, que tampoco hay cobertura para el telefonico que me compré; ese pequeño sin cables que se puede llevar a todas partes.
A las nueve de la noche a la cama, claro, después de cenar algo a la luz de las velas, que como no tenía aceite para el candil... Y esperar el sueño escuchando en la radio lo que echasen, que tampoco llegan tantas emisoras como para elegir.
Eso sí, me he pasado horas hablando de nada con viejas amistades, con quienes debo tener cuidado, porque, como una ya es señorita cultivada, no quería menospreciarlos comentando en exceso sobre inventos que ya me son cotidianos, como esto de los Interneses, que no pocos de ellos quienes lo ven como producto milagroso cuando no diabólico o mágico.
Como sigue siendo costumbre en mi Valle, nadie que vaya de visita se vuelve con las manos vacías, y menos si como yo es una de ellos emigrada a la ciudad, así que según visitaba y me visitaban, o sorprendían por calles o caminos, fui obsequiada con gran cantidad de fruta embotada, quesos, chorizos, en aceite y frescos, salchichón, vino de la cooperativa, ajos, cebollas, tomates, además de dos conejos, medio cabrito, y un gorrín vivo que espera paciente a que decidamos qué hacer con él porque los sobrinos se niegan a que lo mate…
Tanto me obsequiaron que no podía traerme todo en el autobús, por lo que ayer fui a Casa los Curda, que ya os tengo dicho que en el Valle no tenía cobertura para el telefonico que me compré, ese pequeño sin cables que se puede llevar a todas partes, para llamar por teléfono a Beltrán y pedirle que viniera a buscarme;.
Esta mañana se han presentado en el Pueblo Beltrán y Mikel, y después de echar la última mirada a la casa para ver si se quedaba todo bien y cargar el coche con lo obsequiado, nos hemos venido a Pamplona.
Media hora después, que es lo que se tarda del Pueblo a Pamplona con los coches de hoy en día y sin mucho correr, estábamos en la puerta de casa.
Entre los tres hemos metido todo lo que traía en el portal, y mientras ellos subían a casa yo me he quedado vigilando el coche, que estaba en doble fila con los intermitentes dados, encargada de, si fuera preciso, avisar, a la policía o a quien molestase, que el dueño no tardaría en retirarlo de ahí.
-No tardo nada. Subir esto y limpiarme esta mancha –me dice Beltrán mostrándome un goterón de grasa que le había caído seguro de uno de los chorizos.
Mientras esperaba, y por estar más cómoda, quise meterme en el coche, pero tengo poca maña con las cerraduras pequeñas y no atinaba a encajar la llave.
-Disculpe. ¿Qué está haciendo? –escucho a mi espalda.
-Al volverme me encuentro con un policía municipal.
-Intentando entrar en el coche.
-¿El coche es suyo?
-¡Claro que sí!
El policía me pide las llaves. Y abre la puerta. A la primera.
-Tenga señora, que no era tan difícil –dice con cierto aire de chulería que me molesta.
-Gracias agente –respondo. –Claro que menudo policía está usted hecho, que si le he mentido cuando le he dicho que era mío y lo que quiero es robarlo, encima me ha abierto la puerta.
-¿Es suyo este coche? –vuelve a preguntarme el policía ya con el gesto cambiado.
-El coche es mío –escucho decir a Beltrán que entonces llegaba.
-¿Ah sí? –pregunta con sonrisa aviesa el agente. Y… ¿esta señora?
-Es Mariana, mi hermana, que la he dejado por si molestaba el coche para que avise que bajaba enseguida.
-Bien, bien. Usted señora, el DNI, por favor. Y usted –dirigiéndose a mi hermano, –vaya sacando la documentación. Esto... ¿Se ha dado cuentas de que no le funciona el intermitente trasero? Mire, ese de ahí.
La cosa no ha quedado en eso, que a las multas por lo del intermitente y aparcar en doble fila hay que sumarle la de por tener Beltrán el carné de conducir caducado, y no sé que permiso que Beltrán jura que debía estar en la guantera con el resto de la documentación pero no aparece, y que tiene que presentarlo en un plazo dado en comisaría.
Beltrán no me habla sino es para preguntarme si soy boba o qué remarcando el qué. Y me mira mal.
Yo ya le tengo explicado, varias veces, que la culpa no es mía sino del policía por hacer mal su trabajo, pero ni me escucha.
El resto de la familia se me ríe. Hasta Madre se me ríe. Y me dicen palurda.
Llevo una temporada un poco rara, ciclotímica, ajetreada, por lo que este fin de semana lo voy a dedicar al dolce far niente.
El verano no quiere irse del todo de Navarra, que llevamos unos días rozando los treinta grados, antes de ayer los treinta y dos, y la familia opina que hay que disfrutar de estas últimas coces del verano, que luego el invierno es muy duro. Y con esa excusa se vuelven a ir este fin de semana a la casa rural que casi han hecho su segundo hogar.
Y yo, líbreme dios de ponerles obstáculos para que se vayan de casa durante todo el fin de semana, quedo una vez más sola. Y feliz.
Lo tengo todo dispuesto, sólo a falta de hacer las últimas compras:
El domingo me despertaré sin artilugios, cuando el sueño me abandone; supongo que a eso de las diez y media u once. Y sin salir de la cama, encenderé la radio que encontraré donde quedó la noche del sábado, es decir, al lado de la almohada. Mientras la escucho, vaguearé un poco entre sábanas.
Me levantaré, y sin más tardanza que la necesaria en ponerme la bata, encenderé el trasto este de los Interneses para ojear los acostumbrados tres periódicos; dos que más o menos coinciden con mi manera de ver el mundo, y otro cuya línea editorial es opuesta a mi modo de pensar. Y buscaré los chistes.
Con calma me adecentaré y vestiré; Ya veré si me ducho.
En la panadería compraré el pan y tres curasanes. En el videoclús debajo de casa me agenciaré el periódico, y si veo alguna película que me apetezca, la alquilaré.
Como todos los festivos que quedo sola en casa, me daré un homenaje gastronómico, así que después de hacer la compra me meteré con la radio en la cocina a prepararme una paletilla de cordero según las indicaciones que en su día nos dio Samira, aunque como siempre, dándole un toque personal.
Una vez preparado el desayuno-almuerzo-comida, encenderé la televisión, sacaré la jarra de cerveza del congelador, la llenaré, dejaré que se pose antes de rellenarla, pondré la mesa, me serviré la comida, extenderé el periódico a un lado... Y me sumergiré en el nirvana de la gula. De fondo, últimamente me estoy aficionando a un programa en la sexta que explica cómo se levanta un edificio o construye un puente.
Ya he desistido, pero hubo un tiempo en el que hice esfuerzos para que me gustara la formula 1. En aquellos entonces procuraba que la comida estuviera preparada para que el primer bocado coincidiera con la salida.
Después de comer me desparramaré en el sillón. Y me encenderé un purito de esos tan pequeños que parecen cigarros mientras terminó de leer el periódico.
Me adormeceré frente a la televisión durante mi digestión de boa, y sólo saldré de la placidez si alguna noticia del telediario me sobresalta.
Hay ocasiones que esos domingos sola en casa, tras el telediario me echo una siesta, pero la mayoría de esos días, si no hay alguna película que me apetezca, que no suele haberla, dejo el messenger conectado, con el mensaje de que no lo estoy, para que me avise si alguien me comenta o manda un mensaje, y me pierdo en la lectura de algún libro mientras escucho música. O escribo.
A media tarde volveré a mirar los periódicos en los Interneses, y haré un zaping rápido por las cadenas de televisión. Si no hay nada apetecible, me pondré la película que he alquilado en el videoclús debajo de casa; en caso de que la haya alquilado, claro.
A las nueve veré los entremeses del telediario, que es así como yo llamo, entremeses, a los primeros minutos del programa informativo, esos en los que se avanza las noticias que detallarán después, y me prepararé la cena, que puede consistir en los restos de la comida con por ejemplo pimientos del piquillo, o, en caso de no haber sobras o que no me apetezca repetir, un bocadillo de, por ejemplo, chistorra.
Por la noche veré primero “Fribrilando”, el programa hermano de “Cámera Café”, y después, volveré al libro que estoy leyendo, dejando de fondo “El Doctor Mateo”. El domingo pasado echaron en la sexta dos capítulos de “Nunb3rs”, una serie que me gusta aunque empieza a cansarme. No sé si volverán a echar “Numb3rs” este domingo por la noche en la sexta, pero si es así, iré alternando ésta serie con la del Doctor; cuando pongan anuncios en una serie me pasaré a la otra. Una muy práctica manera de no enterarte de la trama de ninguna de las dos.
Haré tiempo leyendo, o escribiendo, hasta que empiece “Cuarto Milenio”, y a mitad de éste, sobre la una o las dos, me iré a la cama donde programaré la radio para escuchar una hora “La Rosa de los Vientos”; un programa de radio que me gusta, por lo que lucharé contra el sueño para escucharlo más tiempo.
No tendré prisas por levantarme, a fin de cuentas al día siguiente celebramos la Pilarica y también es fiesta, por lo que repetiré lo hecho el día anterior; con el único cambio de la comida, que tengo pensado prepararme una merluza o un besugo al horno.
Hay personas como la Cata o la Bego, a quienes dedico este artículo. que unen a creatividad destreza manual, y conjuntando estas dos habilidades crean auténticas obras de arte; la una en bricolages, la otra en bisutería. Mi admiración hacia ellas, tanta que me estoy quedando sin palabras para alabarlas cada vez que nos muestran sus obras.
A mí creatividad no me falta, pero reconozco que la destreza manual es una de mis muchas carencias.
Pero…
Hay veces en las que la necesidad aprieta, como en esa ocasión en la que por circunstancias que no vienen al caso me vi obligada a crear unos cuadros en una sola tarde.
He aquí los resultados.
Este primero es un homenaje a los Sanfermines. Pero no a los Sanfermines incontaminados, sino a los mestizos, los auténticos. Por eso, la clásica camisa blanca, y faja roja que se descuelga desde dentro del cuadro, se conjuntan con una blusa en cuya etiqueta se puede leer “Made in Tahiland”, y es que los Sanfermines no los hacemos sólo los Pamplonicas, sino también quienes nos visitan. Acompañan el cuadro unas pulseras colgando que se pusieron de moda hace unos años y un pin de Sanfermín en medio de la camisa blanca.
En la pared de enfrente hay colgados tres cuadros. Los de los extremos no tienen más mérito que el de haber tenido que destrozar un mantel Balinés para hacerlos.
El cuadro del medio fue creado con la tela de un vestido hippylondio. Podréis distinguir que a base de grapas invisibles le di volumenes en el centro.
En el recibidor de casa tengo tres cuadros.
En el primero podréis distinguir una manga que cae desde arriba y por encima del cuadro, y es que se trata de una camisa reciclada.
En el otro extremo de la pared también la tela sale del cuadro, ésta vez por debajo. Y sí, también fue camisa antes que cuadro.
El cuadro del medio es una camiseta. Un pintor brasileño utiliza a veces camisetas como lienzo, y yo, después de mucho usarla, sobre todo en Sanfermines, la coloqué en el marco; la camiseta sigue intacta, así que si fuera preciso bastaría con sacarla del marco para volverla a usar.
Este último cuadro es una plancha de metacrilato sobre la que pegué imágenes de seres mitológicos cántabros; veréis que uno de los nombres se cayó y rompió.
¿Os acordáis que un día hace tiempo ya, fisgoneando en el trasto este de los Interneses, en una carpeta llamada “PERSONAL”, que estaba dentro de otra llamada “CONTABILIDAD”, encontré una carta de amor de mi sobrino el Mikel que después de mucho pensar publiqué? (ver aquí). Pues en la misma carpeta ha aparecido otro escrito, éste en forma de verso. Y una fotografía.
La fotografía es la misma que hay como fondo de escritorio en el trasto éste de los Interneses, pero con una diferencia; una línea fucsia que la recorre.
Ahora pensaréis que estaré una temporada dándoos la pelmada con mis dudas sobre si publicarlo o no, pero os equivocáis, que una ya tiene suficiente experiencia en esto de las bitácoras como para saber que por mucho que la razón me diga que no debo colgar un tan íntimo poema de mi sobrino, no podré resistirme a compartirlo con vosotros, y con una u otra excusa terminaré haciéndolo, así que, en caliente, siendo consciente de que seguro de que me arrepintiré, os presento este poema sin título de mi sobrino el Mikel, y la foto que lo acompaña.
Me dicen la Mariana, y hasta que las circunstancias obligaron a trasladarme a casa de mi hermano en Pamplona, vivía feliz con Madre en un pueblo del que terminamos siendo sus únicas habitantes.
Mi sobrina la Luzi me aconsejó que para no aburrirme escribiera esta bitácora, y aunque al principio no estaba muy convencida, he terminado enganchada a esto. ¡Que inventos!
Ah, el diecisiete de Febrero vuelvo a cumplir mis cincuenta años... y sigo mocita.
Autor: Julio Luis Ezpeleta