(77) EL VIEJO Y SU HISTORIA: SU HISTORIA.
¡Que ayer tuve cena! Ya os contaré... y enseñaré las fotos en cuanto la Luzi me las saque de la camarica.
No os podéis hacer idea de lo bien que me viene llevar la máquina de fotos, pues en cuanto me siento incómoda sin saber que hacer, la saco y me evado de los malos rollos.
Ro, Beltrán y el grupo de amigos con los que van a ir a una Casa Rural un fin de semana dentro de poco, organizaron la cena para hablar de los preparativos y se empeñaron en que me sumara a ellos.
-Venga, Mariana, que así sales algo –me dijo la Ro.
Y como siempre, yo que no y a ellos dándoles igual mi opinión. La cuestión es que ayer tuve cena.
Al principio estaba temerosa porque quien les dio la Marihuana para que hicieran pastelitos (ver AQUÍ) forma parte de la cuadrilla de amigos, pero, sin querer, escuché:
-Oye, que tendremos que decirle a Antonio lo que ha pasado con la Marihuana –dice la Ro.
-Que Antonio no viene, que ya te he dicho que ´stá con gripe.
Y me quedé más tranquila.
Como ayer no pude colgar ningún artículo, os dejo ahora la segunda parte de la leyenda del viejo contador de cuentos que encontré rebuscando entre papeles.
EL VIEJO Y SU HISTORIA: SU HISTORIA.
A pesar de que el viejo Zing-fu-yo nunca vuelve a la misma aldea, le oí su relato en dos ocasiones. La primera en mis montañas, la segunda, años después, en un lejano poblado junto al mar; que de vender sal hice mi oficio.
La última vez que lo escuché, el viejo Zing-fu-yo también buscó el arroyo, y también sentado, a la sombra de un árbol, contempló impávido a mujeres que lavaban ropa o cogían agua en grandes tinajas.
Cuando el calor se hizo viscoso menguando las sombras, pidió a una anciana que lo acompañara por las chozas donde hubiera enfermos.
Y los bendijo.
Al terminar el recorrido suspiró. En mi aldea también lo hizo.
Después, el viejo Zing-fu-yo caminó hacia el árbol y su sombra, despacio, renqueante, haciéndose notar por el golpeo de su bordón en la escudilla.
Y esperó que se congregaran frente a él formando un semicírculo.
Levantó la mirada. Observó largo rato. Volvió a suspirar.
No estaba.
El viejo Zing-fu-yo la conocía bien, tanto como para dar por cierto que siendo ella incapaz de resistirse a escuchar un buen relato, el que no estuviera entre los presentes significaba que debía resignarse a tampoco ahí encontrarla.
Y tras contar su historia y pasear la escudilla, el viejo Zing-fu-yo salió de la aldea despacio, renqueante, para nunca volver.
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cambio-cuentos-por-globos dijo
asi que, después de todo, el viejo lo único que hacía era buscar a alguien, a ella. Bueno pues esperemos que la encuentre. Besos guapa
17 Enero 2008 | 12:21 PM