(128) LA BLASA
Mi pueblo no conoce pavimento ni asfalto, por lo que sus caminos expiran barro y polvo que obligan al uso de abarcas o botas, pues las finuras en cuestiones del calzar duran lo que se tarda en pisar un fiemo de vaca o caballería, que los urbanitas se quejan con razón de los rastros dejados por perros, pero pisar una boñiga de pueblo significa cubrirte de mierda hasta el tobillo. Por lo menos. Y los tacones... Una extravagancia nada práctica ante un suelo de piedras habitualmente enfangado.
Un pueblo como el mío no conoce la contaminación, pero briznas de paja y polvo pueden forman neblinas más opacas que el smog de las grandes ciudades. Brizna y polvo que impiden el lucimiento de galas en el vestir.
En el pueblo olíamos todos... a pueblo. ¿A qué otra cosa podíamos oler teniendo dentro de casa las cuadras, conejeras, palomar, piensos, fiemo, aperos de labranza y sus consiguientes etecés?
En el pueblo éramos poco finos porque no era posible serlo más.
Pero limpios... ¡Limpísimos!, que era cuestión de orgullo para las mujeres llevar a la familia aseada.
-Mira que pulida lleva la Margari a los chicos –se podía escuchar. O: -Mentira parece, con lo que fue su madre que la Alfonsa tenga tan dejados a los suyos.
Lo de pulido pudiera parecer a gente de ciudad una ironía yendo como íbamos en abarcas, que zapatillas de deporte o deportivas como ahora se dice no se conocían, salpicados de barro y fiemo hasta la rodilla, ropa ajada y deshilada en cuellos y puños, chaqueta erizada de paja, boina ignorante de las experiencia de un buen cepillado y mucho menos lavado. Boinas negras, pequeñas, capadas, que así se decía a las que algún "salao", siempre hay un "salao" en la vida de toda boina que se precie, en un descuido y por el método de la rosca, amputaba de su centro ahí arriba, el rabito que nadie sabe a ciencia cierta para que sirve; sí, ya, en teoría para cogerla, pero yo no le he conocido otra utilidad que el arrancarlo. Y que bien se arrancan todos, que a poco que se sepa no deja ni cicatriz. A no ser que el dueño te pille en mitad de la operación, claro.
Para la gente del pueblo, polvo, paja, ropa gastada, zapato tosco..., eran accesorios inevitables y sabían discernir entre lo manchado y lo sucio.
Y las casas lo mismo: apestando a ganado, con más paja en suelo y atmósfera que incluso en la calle, con barro traído de los campos o polvo de cualquier parte... pero limpias, que la casa sucia era un baldón familiar.
Pero en todo hay excepciones y en mi pueblo respondía por Blasa.
Blasa peinaba su cana y larga cabellera una vez al año. Para fiestas.
¿Os imagináis que pelo podía tener la Blasa después de tanto tiempo sin relación con el peine? Pues formado de mechones independientes plenos de nudos y enredones. La Blasa se conmovía de quienes no seguían su costumbre y solía decir compungida:
-Con lo que duele peinarse, que pena me dais quienes lo hacéis todos los días.
La Blasa usaba ropa interior negra. Y tenía sus razones:
-La ropa, cuanto más oscura menos se mancha.
La Blasa, un día pidió a quien iba a la ciudad que le trajera un bote de detergente y todo el pueblo se activó ante lo insólito:
-¿Para qué querrá la Blasa detergente?










ultreia dijo
Hola Mariana:D
Nos has dejado con la incógnita. Supongo que querría olerlo o se habría enamorado y quería cambiar... no sé
Besotes
4 Abril 2008 | 12:11 PM