(127) DON ANTONIO, EL MÉDICO.
Sabiendo que el fin de semana no podría estar disponible, me propuse escribir un artículo con la intención de colgarlo el viernes, pero mi crónica falta de tiempo impidió que pasara de esbozo, y ahora, al mediodía, al disponerme a pulirlo, me hallo poco entusiasmada en continuar con el tema, no por falta de interés, que lo tiene y mucho tanto la historia como el personaje, sino porque me rondaban la cabeza otros artículos.
Mariana, me he disciplinado muy seria, ahora toca dejar presentable el artículo ese sobre don Antonio, que ya es hora de que se le rinda homenaje, para después invertir el tiempo que puedas en leer y comentar a tus amigos, que mañana ya te pondrás con lo de la tortilla de patata que vas a hacer para cenar, una idea que he tenido esta noche aburrida, viajando en autobús, y el lesbianismo, tema no surgido por propia iniciativa sino inducida por, cartas al director que están saliendo estos días en la prensa navarra, y, sobre todo, un artículo que le acabo de leer a lacarcel, que si es quien yo supongo, una amiga de años, es todo un placer reencontrarme con ella y sus letras.
Por cierto, querida lacarcel, y tómalo no como una crítica, que lo es, sino como el cariñoso consejo de una tía añosa: me parece poco correcto que nos lances unas preguntas sin tú contestarlas antes. Con perdón, eh, guapa, que me he quedado con la curiosidad de saber qué opinas tú al respecto.
Tras este prólogo, os presento mi artículo:
Sacando cuentas, sale que fue en los años cuarenta del siglo pasado, en plena posguerra; tiempos en España de hambre y represión.
Se llamaba don Antonio Apesteguía y nos vino destinado al Pueblo como médico.
Lo pusieron en Casa´l Médico, al igual que a la maestra en Casa´l Maestro y al cura en Casa´l Cura, que como era costumbre, el pueblo facilitaba alojamiento a todo aquel que nos venía de fuera a trabajar.
Don Antonio era opuesto en modos, condición y físico, a cualquier aldeano de los alrededores. Alto, muy alto, que no lo había más en todo el valle. Y flaco, más que el hijo segundo del Quebrao, al que bastó con ponerlo a trasluz para diagnosticarle una inflamación de píloro.
Para nuestro asombro, a veces pasmo y siempre cotilleo, ejercía unas maneras extrañas por finas tanto en el andar como sentándose, comiendo o rezando, tosiendo o incluso en los hablares, que ni el cura blasfemaba menos.
Era tan amable que se prestaba sin mucha insistencia a dedicar sus sacrosantos conocimientos a los animales, y no pocos le agradecían haber salvado el cerdo del que posteriormente se alimentaría durante el invierno toda la familia.
Se supo que, a escondidas, daba dinero o alimentos a desfavorecidos de los que no faltaban en aquellos tiempos de hambruna.
Un día, el cura nos sorprendió con la noticia de que había sido detenido, que le habían llamado de la Comandancia de la Guardia Civil para pedir referencias sobre él.
Eran como ya os he dicho, tiempos de posguerra, en los que se oía hablar de Maquis, guerrilleros que no se resignaban a haber perdido la guerra y se pasaban desde Francia para atentar en España. A don Antonio lo acusaron de colaborar con ellos.
No se supo quien, fue con el cuento de que don Antonio iba mucho a Irún, ciudad fronteriza, e investigándolo descubrieron que mantenía una sospechosa correspondencia plagada de palabras que no se entendían a no ser que se les presumiera doble sentido, frases cortadas a mitad por puntos suspensivos, algún símbolo extraño...
Ni idea de qué le hicieron al pobre hombre, pero cuando volvió al pueblo para recoger sus pertenencias no era el mismo, que incluso andaba distinto y parecía más pequeño, quizás por tan baja como llevaba la cabeza. Lo acompañaban cinco Guardias Civiles que registraron Casa´l Médico.
Don Antonio no era Maqui ni parecido, don Antonio era maricón, y por camuflarlo tenía su “lío” lejos, en otra provincia. Las cartas no eran sino de amor prohibido en tiempos en los que las libertades andaban desaparecidas en combate.
Cuando lo soltaron de su condena por atentar contra las buenas costumbres, las fuerzas vivas del pueblo, con mi abuelo como Juez de Paz a la cabeza, escoltado entre otros por el cura con sotana de los domingos, se presentaron en su casa familiar, en Pamplona, de la que todavía entonces no se atrevía a salir porque su caso había salido en los periódicos, para decirle que maricón sí, que estaba claro, pero que volviese cuando quisiera al pueblo, que ahí siempre sería don Antonio.
Cuentan que don Antonio, emocionado, lloró como maricón que era, y que las fuerzas vivas del Pueblo, con mi abuelo en cabeza, no quedaron atrás.
Como decía padre cuando hablábamos de don Antonio, Ser maricón es cosa de hombres. O has conocido alguno que no lo fuera, apuntillaba.









catalaneta dijo
Que bonita historia Mariana,
Estoy contenta que al final nos la hayas publicado, merecia la pena de ser contada.
Un besote guapa
Cata
19 Mayo 2008 | 11:40 PM