(174) LA DEPRESIÓN DE LOS CINCUENTA: LA ALDEANA Y LA MUERTE PROPIA (2/2).
En la ciudad hay costumbres que me son ajenas, comportamientos en los que me siento extraña, formas de relacionarse que resultan forzadas a mi naturaleza, porque yo soy mujer de mi pueblo, donde regían otros usos; los míos, porque ente ellos si me manejo con naturalidad.
Es por lo que añoro mi pueblo, y más aún en estos momentos de máxima actividad en los campos, tiempos en los que no dejo de mirar al cielo para comprobar si las condiciones van a ser adecuadas o no para la vendimia, tiempos en los que cada vez que me asomo por la ventana y veo no mi huerta sino una obra descomunal que ha destrozado una placita a la que terminé cogiendo cariño, lanzo sólo suspiros, que aquí, en la ciudad, es de tontas llorar por un paisaje arruinado.
Barrunto que mi pesar puede compararse al de la enamorada hacia el amor perdido.
Sabéis quienes me leéis que estoy pasando una mala racha emocional, tal vez efecto de lo escrito anteriormente. Que lo que pudo creerse un ataque de astenia primaveral, otro de los inventos urbanitas nunca experimentado en el pueblo, se fue alargando en el tiempo hasta la actualidad. Nada de lo que debáis preocuparos, que si lo nombro es como referencia a mi estado anímico; dato importante en este escrito.
Pues hace unos días, el fin de semana a partir del viernes veintidós de Agosto, añoranzas, suspiros y lágrimas fueron alejados por mediación de Marina, una amiga del Pueblo que vino a despedirse desde Madrid porque se va muy lejos y es probable que no volvamos a vernos.
Llegó el viernes por la noche en tren, y en un principio nos costó reconocernos; las dos vestíamos atuendos y posturas que desde nuestro recuerdo aldeano se nos hacían disfraces. Nos costó un poco recuperar la naturalidad, pero una vez lograda nos imbuimos de ambiente rural y reímos, hablamos y comportamos como si nos rodeásemos de pueblo, como si quienes nos volvían la mirada, con ánimo censor por nuestro comportamiento, fueran los distintos y no ya nosotras.
El sábado por la tarde hasta discutimos, y ante una controversia nos jugamos un par de zapatos de los caros, eh, de los más caros. Zapatos que me tocó pagar y lo hice; gracias Marina por no aprovecharte, aunque tal vez no fue bondad sino despiste, que si llegas a saber lo barato que me salió gracias a las rebajas y a una sorprendente oferta de última hora...
Por la tarde preparé la salsa para un arroz con marisco con el que
homenajear a mi amiga, y a las once, en vez de cenar, nos acercamos a un espectáculo de fuego y sonido que se celebraba en los fosos de la ciudadela; algo mágico, espectacular.
Todo a oscuras excepto un reguero de gotas de fuego, que acompasado al cantar de las ranas, muchas ranas, nos dirigió hasta la exaltación de Vulcano y su fuerza, pero también de su contagiosa languidez.
Como colofón, la exquisita cena y un alarde de complicidades y confianzas que alargamos hasta las cinco de la madrugada.
Fue en la mañana del domingo cuando ocurrió.
Nos levantamos tarde, a eso de las diez y media, y ella, Marina, mi amiga, me sirvió solícita un café recién hecho.
Bebiendo un trago, no sé si el primero, me atraganté.
No sufrí más que en otros atragantos sufridos durante mi vida, pero por alguna razón que desconozco, mientras aspersaba con café solo y mucha azucar todo cuanto estuviera a tiro de mi fuerza pulmonar, y de repente, dejé de respirar.
Dejé de respirar estando inmersa en uno de los momentos más felices de mi vida.
Dejé de respirar sabiendo que mi felicidad tenía fecha de caducidad; el momento en que Marina se fuera.
Dejé de respirar temiendo una vida futura gris y añorante.
Dejé de respirar.
Y durante los momentos en que me fui, desaparecieron todos los problemas y añoranzas, todo temor del futuro, toda ambición emocional; también otras ambiciones, aunque no he reparado en ellas hasta este momento, cuando analizo lo ocurrido.
Una buena muerte, sin sufrimiento, con una sonrisa en el corazón y sin cargo de conciencia por los deberes no hechos.
Según tengo entendido, a juicio de Unsolete, ese habría sido el momento oportuno para no volver a respirar. Y estoy de acuerdo con ella.
Claro que, ahora, a diez días vista, la teoría se enfrenta a lo concreto.
¿Habría preferido el viaje con Caronte, a quién ya tengo apartada su moneda, a cambio de estos diez días?
No. En primer lugar porque menudo problema le dejaba a Marina, con un cadáver, sola en casa pues la familia todavía no había vuelto de sus vacaciones.
Pero además de ese sentimiento altruista...
El resto del fin de semana, que ampliamos hasta el lunes por la noche, fue una impúdica exhibición de lo que la vida si nos mira bien puede ofrecernos, y por sí sola ya compensaba el haber nacido con todo lo que conlleva. Pero también los días siguientes, que me fue aplazado por una u otra causa el sufrimiento previsto. Y el fin de semana este último experimenté sensaciones que habría sido una pena despreciar.
Pero nada de eso sabía cuando volví a respirar, así que volviendo al momento en que me fui, durante el que Caronte aguardó paciente si le entregaba o no su moneda, afirmo que fue una buena manera de morir, con una sonrisa, y que si pudiera elegir lo haría así, en el momento de mayor felicidad, con elegancia, después de una fiesta conmemorativa, llevándome un buen recuerdo de la vida.
Porque la otra opción, el irse durante los peores momentos, ocasiona despedirte con resentimiento, arrepentida de haber vivido, amargada por sentirte expulsada, aunque la decisión sea motu poprio, de la vida.
Y es que, no sabemos lo que nos depara el futuro y mi curiosidad al respecto es infinita. Me gusta vivir, e incluso en los malos momentos procuro disfrutar de esta tan a menudo penosa existencia, por lo que mi optimismo siempre estará dispuesto a darle otra oportunidad.
Ya respondía a las seducciones de Caronte, ya empuñaba la moneda, cuando escuché muy a lo lejos, acercándose:
-¡Mariana, Mariana!
Era Marina.
Volví a ella entre manotazos en mi espalda.
-¡Respira, Mariana, respira!
Y respiré.
-¡Me he ido. Me he ido! ¿Qué ha pasado. Que ha pasado? –repetía puesta en pie de un salto, desorientada.
Fue una buena muerte, sin sufrimientos. En un buen momento; el mejor en mucho tiempo.
Sé que diré adiós cuando el cuerpo me señale que esto se acaba, que el final será tortuoso. Ojalá con una sonrisa. Y ya sé cómo. Lo tengo planeado desde joven, porque si el morir me da miedo por lo que acarrea de enfermedad, sufrimiento no sólo propio, e incapacidades, la muerte la sé dulce, con rostro de abuela.
Claro que defiendo con Unsolete que la muerte es preferible que nos venga en el mejor momento para podernos despedir sin acritud de la vida, con clase y elegancia, pero esa teoría, por mi forma de ser, nunca sería la elegida por mí, porque siempre querría un minuto más para disfrutar de esta curiosa experiencia.
Este artículo ha sido archivado en la categoría: LA DEPRESIÓN DE LOS CINCUENTA.









Pre dijo
¡Por fin!
Lo leo con clama y paso después, también con calma.
Un besote, guapísima.
3 Septiembre 2008 | 10:04 PM