(304) UNA DE LLOROS.
El día de difuntos fuimos al Pueblo para adecentar la tumba familiar. Ahí nos encontramos con la Juanita, la segunda de Casa Alforjas, que nos puso al corriente de novedades sobre quienes habían sido nuestros vecinos. De esa conversación nació este artículo.
Las plañideras eran mujeres, únicamente mujeres, que por una propina, a veces sólo la comida, se prestaban para llorar a difuntos que ni siquiera conocían.
Antes más, y cada vez en menos sitios, se valoraba la categoría de un funeral entre otras cosas por el número de plañideras contratadas.
En mi valle, no se aplicaba eso de a cuantas más plañideras más suntuoso el velatorio porque plañidera no había más que una. Eso sí, muy voluntariosa.
Nacida en mi Pueblo, era hija única de Casa Calzones, y como no podía ser de otra forma, le decíamos la Lloros.
La Lloros era plañidera vocacional, que llevaba a gala no haberse perdido un funeral del Valle desde que podía recordar, y aunque no tenía tarifa, bien que se lo cobraba en comidas. Y bebidas, que nunca le hacía ascos a un vino, sobre todo si era dulce y para acompañar a pastas.
En mi Valle no hay Tanatorio, por lo que los cadáveres se velan como Dios manda, es decir, en casa, vestidos de domingo, en la cama, sobre una sábana blanca, y entre cuatro velas con sus correspondientes candelabros; ambos, velas y candelabros, prestados por la iglesia.
En mi Valle no se juzga lo suntuoso del velatorio por el número de plañideras, ni por la calidad del traje que lleva el difunto, porque lo habitual es que se lo hayan visto vestir durante años los días de fiesta, sino por los zapatos, lo limpio de la habitación y la sábana donde reposa el cadáver, pero sobre todo por las viandas.
En los pueblos de mi Valle no usamos zapatos, sería absurdo movernos con ellos en las cuadras o los campos. Incluso en las calles, que a cuatro gotas que caen se transmutan en lodazal.
En mi Valle, los aldeanos usamos albarcas, los zapatos los reservamos para los velatorio, y los más ricos hasta se entierran con ellos. El resto se los quitamos al cadáver antes de meterlo al ataúd, guardándolos con mimo, y periódicos por dentro, en su caja, hasta calzarlos al cadáver siguiente.
Como no estábamos muy puestos en zapatos, se han dado muchos chismorreos al respecto: Sobre familias, más de una, que los puso al revés; sobre Casa Lisardo, aunque ellos lo niegan, se cuenta que como el marido de su segunda tenía los pies tan grandes, para calzarlo cuando murió tuvieron que elegir entre cortar los zapatos o los dedos y cortaron los dedos, razonando en que los dedos ya no servían de nada mientras que los zapatos todavía tenían varias puestas; sobre todo un pueblo del que se dice que no tienen más que un par para todos los vecinos, y si se mueren dos a la vez tienen que pedir zapatos a amigos de otros pueblos... La versión de ese pueblo es que un vecino se enteró que una tienda les haría precio especial por comprar varios pares de zapatos del mismo modelo. Y compraron. Todos.
Es costumbre sacar algo de comer a las visitas que van a velar el cadáver, que puede ser, desde un trozo de queso o tacos de jamón con pan y un vaso de vino, hasta comidas y cenas de tres platos a base de alubias, asados, postres, vinos, copas, cafés... Las casas más opulentas también sacan pastas de las de pastelería, incluso alguna con vino dulce. Estas últimas son las indiscutibles ganadoras, y el sepelio puede ser alabado durante años, lo que les hace subir en la escala social.
La Lloros, la única plañidera del Valle, se cobraba los servicios prestados con las viandas, pero sobre todo con el vino. Y más si era del dulce.
La Lloros, lo primero que hacía al entrar al velatorio era conseguirse una silla que colocaba tan cerca del cadaver que lo pudiera acariciar, y no abandonaba la habitación sino era para ir al baño. O para cotillear lo que se preparaba en la cocina. Cualquiera que fuera el vino que se servía, no tardaba en hacerse dueña de una botella que escondía entre los bajos de sus faldas que le llegaban hasta el suelo, y cuanto creía que nadie la veía, le daba un tiento a la botella; eso al principio, que según pasaba el tiempo era menos mirada, y terminaba no privándose de beber a morro con la habitación llena de gente.
Le costaba arrancar a la Lloros, que en un principio sus llantos resultaban artificiales, pero bastaba que bebiera cuatro vasos de vino para convertirse en una auténtica virtuosa del lloro y el gemido, con sus lágrimas, golpear de pecho y mesada de cabellos.
Si algo hay que achacar a la Lloros es que era proclive a confundir el nombre del finado, sobre todo según iba vaciando botellas. Y que de vez en cuando, se pusiera en pie sobre la silla, y recitara entre lloros e hipidos:
E intensificaba los lloros.
La Lloros terminó sola y enferma. Fue ingresada por unos parientes lejanos en un asilo poco antes de venderle sus tierras y repartirse los dineros.
Juanita, la de Casa Alforjas, con quien coincidí en el Pueblo esta Fiesta de Difuntos mientras adecentaba el panteón familiar, me dijo que la Lloros había muerto. Lo sentí. Espero que haya sido llorada como merecía.
Va en su recuerdo "La Lloradora" cantada por La Lupe.










diasazules dijo
¡¡¡Mariana, que no, que no me lo creo!!
¡¡¡unos zapatos para todo un pueblo!!
que no, que no Mariana!!!.
Me da pena La Lloros, que seguro que
no la lloraron tanto como ella se merecia
BESOS Preciosa
12 Noviembre 2009 | 11:08 PM