(363) LABORDETA Y EL PLATA.
Poneros a finales del franquismo, mediados los setenta del siglo pasado, tiempos de dictaduras, no sé si más política que religiosa, pero a fin de cuenta de las dos. Viernes Santo para más inri, nunca mejor dicho.
Eran mal vistas las risas y los cantos; Dios estaba en plena agonía, que ya es manía más que sadismo el matarlo todos los años. Los cines cerrados; ni echaban las películas religiosas que en esas fechas monopolizaban las salas de cine. Los bares igual; todos cerraban ese día al menos por la tarde. Ah, y que ni por error se te ocurriera pedirte para almorzar un pincho de por ejemplo chistorra, que además de no servírtelo, era vigilia, te miraban mal. Y chismorreaban.
Y de repente, una de las amigas del Valle, normalmente con el carné de conducir recién estrenado, te proponía ir a Zaragoza. En Viernes Santo. ¿A qué?
¿Que a qué? Pues a por ejemplo de bares, que en Zaragoza sí que abría alguno, o de autopista; ronda ésta que consistía en parar en cada área de descanso con bar de la autopista, ida y vuelta, sin adentrarnos en Zaragoza, que entonces no existía eso de el alcoholímetro.
Pero el súmmum de la transgresión era ir en Viernes Santo al Café Plata, local sito en lo más canalla de Zaragoza: El Tubo.
Sigo añorando ese Café que tanto ha cambiado.
El Plata según lo recuerdo era un local con música en directo, rancio y ya entonces obsoleto. Una gran tasca con un pequeño escenario al fondo, cuya clientela se nutría sobre todo de estudiantes y jubilados viejo-verdes.

El Plata era el reino de la picardía y el doble sentido. El lugar donde los hombres corrían el riesgo de que se le acercara una mujer para invitarlo a que le buscara una pulga que decía tenía por el cuerpo. El sitio donde una mujer podía ser presionada a cantar a dúo con la corista letras que en aquellos entonces enrojecerían a cualquiera, y que de oirlas, sacarían seguro ronchas a don Leandro el cura del Valle.
Lo que no he contado hasta ahora es que las coristas que actuaban ahí no eran sensuales jovencitas sino provectas mujeres que la mayoría ya no cumpliría los sesenta.

Ahora imaginaros las juergas de los jóvenes de aquellos oscuros años de censura y rancio moralismo, cuando esas mujeres les cantaban en plan provocativo: “Pepita a Pepe le dio, de su caja de rapé, un polvo que él tomó y estornudando dijo: Que buen polvo tiene usted” O si en la sala había un calvo: “Que rico pelo tenías ante de quedarte calvo, si yo te pidiera un rizo, mi vida, ¿de donde ibas a sacarlo?” Los viejos tampoco se libraban, claro, que mientras les acariciaban la cara les cantaban: “Un viejo me preguntaba, que cuantos años tenía. Y yo le dije con guasa, ¿usted cuántos me echaría?”
Os hacéis idea de las carcajadas que se podían oír en el local cuando tan venerables señoras cantaban: “Un pajarito se entró, por la ventana de un convento, que contentas están las monjas, con el pajarito dentro”.
En un Viernes Santo de esos, se me acercó la corista para cantarme: “una niña se creía, que el matrimonio no es nada, pero se encontró con algo..., con algo que no esperaba”.
Yo tendría diecisiete años cuando me lo cantó y tuve que digerir el pecado yo sola, que cualquiera se confesaba de eso en Viernes Santo a don Leandro el cura.
Quiero aclarar que El Plata ofrecía humor y picardía, en absoluto morbo o sensualidad. Claro que hablo desde los ojos de la joven que entonces era, que como ya he dicho, parte de la clientela del local eran jubilados que seguro verían en aquellas ancianas, sí, para nosotros ancianas, lujuria y perversión.
¿Que debía ser denigrante para tan añosas coristas representar ese papel? Quizás, pero esta es prevención que puedo considerar ahora; entonces con la inconsciencia de la primera juventud, incluso admiraba el humor, probablemente fingido, que derrochaban.

¿Que a qué viene esto? Esto viene a que se nos ha muerto José Antonio Labordeta, otro símbolo como El Plata de libertad en aquellos tiempos; habrá quien por semejante comparación me crucifique.
A Aragón no se le ha muerto el Labordeta que recordamos porque sigue vivo en nuestro recuerdo y sus versos, frases, exabruptos y canciones. A Aragón se le ha muerto el Labordeta que iba a ser, porque de su cabeza de maño -él más que nadie prueba que maño viene de magno- podía aspirarse a que brotaran mil versos más para escucharlos en su cascada voz monocorde.
Recuerdo a José Antonio Labordeta como reflejo del maño socarrón, empecinado y cascarrabias que todos quisiéramos tener como amigo.
La muerte de Labordeta me ha llevado de nuevo al Café Plata y sus entrañables coristas, a un Monasterio el de Veruela, a ese espectáculo de vértigos que es el Pirineo Aragonés que recorrí un verano memorable junto a una rubita muy guapa que me hizo de cicerone, a canciones que sonaban a antiguo, a extrañas chimeneas, y rondas que probablemente ya no existan; al menos no como entonces.
José Antonio Labordeta trae recuerdos de mis primeras libertades. Va por él este artículo.
Pd. Prometo que mi intención primera era escribir un artículo sobre José Antonio Labordeta y su obra, sólo sobre José Antonio Labordeta y su obra.










www-lacoctelera-com-inaki dijo
Conocí El Plata en sus mejores tiempos...y pienso regresar algún día, aunque sólo sea por recordar mis locos años de adolescente, perdido entre los aromas de aquellas mujeres maduras...Labordeta nunca me gustó como cantante...Aunque conocí a un sobrino suyo que tenía tela...Era miembro del grupo Puturrú de fuá...una pasada...
20 Septiembre 2010 | 09:27 PM