(378) ¡NO CREO EN FANTASMAS!
Mis amigas de La Coctelera que han compartido akelarres conmigo, saben porque se lo he dicho, que lo que aquí escribo puedo adornarlo para presentarlo de forma más o menos entretenida, más o menos literaria, pero que todo en su esencia es verdad, hasta el extremo de que puedo echar mano de esta bitácora como Diario Personal para recordar, datar, o detallar, hechos de mi vida. Por otra parte, no recuerdo nada que haya escrito aquí que sea absolutamente ajeno a la realidad. Sí que he construido a veces un castillo de un grano de arena, pero el grano era auténtico y génesis del artículo.
Debo declarar también que soy una persona bastante racional, convencida de que la muerte nos conduce a la nada. Una dulce y plácida nada que ya puede esperar porque no tengo prisa, pero que lejos de espantarme la considero un bonito final. Mucho mejor, desde luego, que el prometido por una religión que primero me habla de un Padre de bondad infinita para después asegurar que es justo, cuando bondadoso y justo son virtudes antónimas, y acto seguido revelarme que si no hago lo que ese Padre quiere, me condenará eternamente a la peor de las torturas. Si los padres y madres comunes son incapaces incluso en el peor de los casos de torturar a sus hijos y mucho menos eternamente, ¿en qué cabeza cabe que un padre de bondad infinita lo haga?
Creo que he dejado medianamente claro que lo que aquí escribo está basado en la realidad y que no creo en el más allá, por lo que puedo acabar este prólogo y sumergirme en el meollo del asunto.
Tengo un fantasma en casa.
Desde hace ya un tiempo, pero cada vez más a menudo, estando sola por la noche en el salón, escucho ruidos idénticos a los que provocaba mi perro cuando al cambiar de postura o estirarse empujaba un sofá.

Mi perro Yuk murió hace año y medio.
Por no creer en fantasmas tampoco me siento amenazado por ellos, y mucho menos por el presunto fantasma de un ser que tanto me quería como mi perro Yuk. Pero lo que empezó haciéndome gracia ahora me inquieta, sobre todo porque está haciéndome dudar de mis convicciones, lo que siempre es de agradecer.
No habría contado nada de esto por vergüenza, pero es que los fenómenos extraños se están incrementando.
Ayer, al irme a la cama, cerré la puerta de mi habitación en vez de dejarla entornada como acostumbro.
En mitad de la noche escuché un gemido. Idéntico gemido al que soltaba mi perro Yuk cuando encontraba una puerta que no podía abrir de un empujón. Era su forma de llamarme para que se la abriera.

Estaba despierta, pero lo puse en duda porque el sueño puede ser tramposo. Me senté en la cama y por tranquilizarme encendí un cigarro.
Entonces, os aseguro, volví a escuchar claramente el mismo gemido. Y contestó de igual manera cuando ya encendido un segundo cigarro me atreví a llamar al perro por su nombre.
Lo que no me atreví es a abrir la puerta.
No puedo decir que tenga miedo, sí intranquilidad, sobre todo ahora que se ha echado la noche y estoy sola en casa.










Merche dijo
Entiendo lo que dices. Sé de vuestra complicidad y cómo te miraba.
No sé si te he dicho alguna vez que, cuando veo a algún perro "similar" a Yukito, corro a abrazarlo y que, en ocasiones, me descubro cantándole.
Anda que suerte para ti, escucharlo de nuevo. Está contigo.
Mi abrazo. Merche
25 Enero 2011 | 01:20 AM