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La Coctelera

MARIANA LA ALDEANA

22 Septiembre 2009

(296) DESAYUNANDO CON SAGRARIO.

Hoy he desayunado con Sagrario.

Sagrario es una amiga desde cuando ya éramos mujeres pero aun manteníamos rebufos de niñas.

Sagrario era y es guapa, alta. Conserva desde que la recuerdo una melenita titubeante entre el rubio y el castaño. Elegante aun sin pretenderlo. De sonrisa esquiva pero permanente. A Sagrario le encuentro pocas diferencias de entonces a ahora, y eso que de entonces a ahora han pasado más de tres décadas.

Sagrario era de las listas del Pueblo, de las que estudiaban en la capital mientras el resto nos ocupábamos de los animales y el agro, lo que no impedía que si tenía que echar una mano lo hiciera como los demás, que no se le caían los anillos por mancharse; de barro en la cosecha o siembra, de fiemo durante la limpieza de cuadras o abono del campo, de sangre en las matanzas...

Sagrario era socialista cuando en el Pueblo ni sabíamos lo que esa palabra quería decir. Y nos animaba a que nos involucráramos en la transición. Desde una u otra postura, la que fuera, pero que nos involucráramos.

Con Sagrario me quedaba hasta altas horas de la noche hablando de temas que sólo podía hablar con ella, dándole paso franco a mis secretos más íntimos incluso los vergonzantes.

Sagrario me escuchaba, y yo la escuchaba a ella. Nos hablábamos desde el respeto mutuo que se tienen dos seres que no quieren cambiar al distinto incluso a veces contrario.

Mantengo con Sagrario deudas y fidelidades que no se pueden ni se deben saldar. Deudas y fidelidades que nos unirán de por vida, aunque ella ni se lo imagine.

Sagrario terminó la carrera y se fue a trabajar a Barcelona. Volvió al Pueblo en unas vacaciones. Más fina, con aires cosmopolitas, pidiendo para beber café americano. Y volvió a irse. Y a volver y a volver a irse. Hasta que llegó un día que se le perdió la pista durante años.

Me enteré de su boda y divorció. No me extrañó nada de ello. Sagrario tiene suficiente atractivo para conquistar a cualquier hombre, pero es demasiado libre para dejarse atar.

Sagrario ahora trabaja en Pamplona y hemos coincidido varias veces en las que hemos mantenido conversaciones cortas y por ello frustrantes. Con cariño, eso sí, que no lo hemos perdido, pero frustrantes por cortas y faltas de contenido.

Esta mañana, desayunaba en una cafetería cuando ha entrado Sagrario acompañada de quien he supuesto, no sé por qué, que era un compañero de trabajo.

Me ha visto y nos hemos saludado. Poco más. Yo estaba sentada en una mesa y ella se ha ido hacia la barra.

Ella no lo sabe, pero en realidad se ha quedado conmigo, recordando entre suspiros y risas tiempos pasados.

Hoy, he desayunado con Sagrario.

Tags: sagrario

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21 Septiembre 2009

(295) YO Y MIS DESPISTES.

Puedo describir una conversación casi al pie de la letra décadas después de haberse producido. También el lugar y las circunstancias.

Recuerdo gestos y expresiones añejas, y anécdotas olvidadas por todos. Y hasta el más mínimo detalle de una experiencia o comentario de hace muchos años.

Pero para según que datos soy muy despistada, tanto que siempre he dicho que mi despiste no es enfermedad, pero casi. También que el día que tenga alzheimer, ni yo misma notaré el cambio.

Proclamo mi defecto para que las amistades me excusen cuando no los reconozco por la calle, y muchas veces saludo por si acaso, porque creía que me miraban o su rostro me sonaba a conocido, siendo incontables las veces que me veo obligada a disculparme con un Perdón, me he confundido de persona.

No me quedo con las caras, y cuando me cito con alguien de trato poco asiduo, procuro ir antes al punto de encuentro para que, al llegar más tarde esa persona, sea ella quien se acerque a mí, que no será la primera vez que acudo a una cita en un bar y me quedo hablando con quien no conozco de nada mientras que la persona con quien había quedado me mira con cara pánfila.

Las palabras me esquivan. Es normal en mí que en medio de una conversación describa un objeto, sensación o sentimiento, preguntando como se llaman.

-¿Cómo se dice cuando una persona se contagia del sentimiento de otra?

-¿Empatía? –aciertan a la primera si tengo suerte.

-Eso, empatía.

Y con la palabra ya encontrada sigo mi discurso.

¿Que a qué viene ésto? Pues a que el sábado me llamaron Iñaki y su Churri, que estaban en Pamplona, para tomarnos unos vermutes por la parte vieja de Pamplona.

Tras los vermutes, cuando ya nos despedíamos, no recuerdo por qué pero sí que venía a cuento que les contase un chiste determinado. El caso es que en mitad...

-Joe, no me acuerdo de una palabra –les anuncio. –Y sin esa palabra no hay chiste.

-Pues acuérdate que no nos puedes dejar así –me dijo la Churri.

-A ver si me acuerdo....

Pero no. No me acordé. Y preguntarles por la palabra era destripar el chiste, quitarle toda la gracia.

Es por lo que cuelgo aquí el chiste que no recuerdo a qué venia y que escuché hace poco en la radio:

Una señora entra en un Sex-Shop y pregunta al dependiente dónde están los consoladores.

-En la pared de enfrente –le informa.

La señora se va, mira el muestrario, y vuelve.

-Me llevo el rojo –dice al dependiente.

-No señora, del extintor a la derecha.

Extintor. La palabra que no me salió era “extintor”.

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18 Septiembre 2009

(294) TIEMPOS DE CAMBIO.

Mi abuelo recordaba jocoso, el caso de un guardia civil andaluz destinado en Navarra. El hombre, hecho a los calores del sur, pasaba auténticas penurias por los fríos navarros, y cuando estaba de servicio cerca de mi pueblo, acostumbraba si podía a refugiarse del viento y los hielos en nuestra casa, que era la de la autoridad vecinal ya que mi abuelo era por aquellos entonces Juez de Paz.

La llegada del guardia civil era recibida según la costumbre con un:

-¿Qué? Hace fresco, ¿no?

A lo que el aterido guardia civil siempre contestaba con su deje andaluz mientras se acercaba a la lumbre:

-Jodido pueblo el que al frío llama fresco.

Todo esto viene a que ha llegado el fresco a Pamplona, que de rozar los treinta y cinco grados la semana pasada, hoy he visto en el termómetro los ocho pelados. De ahí que a los hombres de por aquí se les diga chicarrones del norte, porque o te haces fuerte o te mata estos cambios, aunque ahora, con las calefacciones, aires acondicionados y demás inventos, me da que la raza antigua está en franca decadencia, que yo he salido de casa con una chaquetica y me han hecho pasar vergüenzas porque la mayoría ya ha sacado el abrigo y hasta he visto jóvenes poca sangre con gorro de lana.

Antes, en mis tiempos, estaríamos por estas fechas preparando la vendimia, e hiciese la temperatura que hiciese, todavía no habríamos sacado de los arcones la ropa de invierno. Antes, en mis tiempos, los fríos y las calores las combatíamos de igual manera: Con vino, que refresca cuando la calorina, y calienta el cuerpo por más helada que haga. Bendito vino, que con razón yo tengo escuchado responder a: “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”, con un rotundo: “Pues el vino pa que lo consagren...”

Comentan que así como en toda España y parte del extranjero, tienen cuatro estaciones, otoño, invierno, primavera y verano, en Pamplona sólo tenemos tres: Invierno, verano... y la de Autobuses.

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6 Septiembre 2009

(293) MI AMIGA LA DE LA SALSA NARANJA.

La recuerdo a menudo. A Mar. La mejor de mis amigas. Se fue del Pueblo hace muchos años hacia Australia, donde su padre había conseguido trabajo como leñador.

Al principio nos escribimos algunas cartas, pero ella dejó de hacerlo, y tras no recibir contestación a varias, yo también.

La añoro.

En mi casa, era Madre quien estaba a cargo de la cocina. En casa de mi amiga Mar, era ella quien hacía la comida. Y cuando algo le salía especialmente sabroso, traía una picadera para que merendáramos entre risas ella y yo en mi casa.

Mar era una excelente cocinera con una particularidad; todas las salsas le salían naranjas. No sé si por usar zanahoria o de usar tanta zanahoria, pero no le conocí una salsa de otro color. Se lo achacaba. Y nos reíamos.

Hay un plato que me gusta, que no he hecho nunca, y que a Madre le sale muy bien pero no tanto como a Mar: Las albóndigas.

Este fin de semana tenía que ejercer de anfitriona y se me ha ocurrido hacer albóndigas.

Me han salido deliciosas, pero la salsa no ha resultado naranja ni tan rica como la de Mar.

¡Hay ocasiones en que la añoro tanto…!

Skpe, ¿te apetecen? ¿Y al resto?

Tags: albondigas

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2 Septiembre 2009

(292) PECADITOS.

El tractor del Rómulo fue el primer tractor del Pueblo, y gracias a él su familia logró cierta opulencia, que no sólo utilizaba la máquina para labrar sino que también lo alquilaba para que labrasen los vecinos.

A raíz de comprar el tractor, al Rómulo se le puso el mote de “el Tractor”, a su mujer “la Tractor”, a su casa “Casa Tractor”, y de haber tenido hijos, hubieran sido conocidos como el mayor, el segundo, el tercero, el pequeño de los Tractor...

Nada raro en uno de los muchos pueblos de Navarra donde lo extraordinario es encontrar una familia sin apodo.

Pero no tuvieron hijos sino hijas, dos, que nacieron con poca diferencia de tiempo entre ellas.

Las hijas de los Tractor no destacaban entre las demás niñas del Pueblo, pero empezaron a desarrollar y casi no acaban, que les crecieron unos pechos que eran el cotilleo de todo el Valle; la mayor más, la menor no tanto pero también mucho.

Los hombres, durante la cosecha en Agosto, cuando el sol aprieta y no se puede combatir sino prescindiendo lo más posible de la ropa, quedaban abobados ante esos escotes y sus desparrames, lo que provocó que don Leandro el cura, durante varios sermones, nos alertara sobre los malos pensamientos.

A partir de entonces les cambiamos el apodo, que, de la mayor y la menor de los Tractor, pasaron a ser conocidas como “la Pecadito Mortal” y “la Pecadito Venial”, y ambas “las Pecadito”.

Y es que, como decía una de las coplas que recuerdo les sacaron los mozos para cantar en fiestas, “Si los malos pensamientos son pecado, Dios hizo a las Pecadito a mala hostia”.

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28 Agosto 2009

(291) EL LADRILLO MILAGROSO.

Tenía cumplidos treinta años sin novio ni intención de tenerlo, cuando mis padres, preocupados de que quedara soltera para los restos, decidieron preguntar a don Leandro el cura si se le ocurría algún remedio para mi estado, o en su defecto, que dedicara una novena a san Antonio, que según dicen es el santo que se encarga de los menesteres estos de los casorios.

Don Leandro les habló de un Ladrillo Milagroso que había en el Santuario de san Gregorio Ostiense en Sorlada, un pueblo a poco más de cincuenta kilómetros del nuestro.

Según don Leandro, si yo pisaba ese Ladrillo, era seguro que encontraría un hombre, y además bueno, con quien no tardaría en casarme.

-He conocido muchos casos y os garantizo que no falla. Eso sí, el Ladrillo hay que pisarlo teniendo fe en san Gregorio Ostiense, eh, que sino no funciona –advirtió don Leandro el cura.

Mis padres prepararon el viaje hacia el Santuario para el domingo siguiente, no sin antes amenazarme con meterme monja si mi fe en san Gregorio el Ostiense flaqueaba, santo de quien ni había oído hablar hasta entonces.

Por favorecer el milagro, don Leandro me impartió esa semana unos estrictos ejercicios espirituales, durante los que me hizo saber que en el siglo XI, el Rey de Navarra pidió ayuda al Papa para combatir una plaga de langostas, y que éste envió a san Gregorio Ostiense, que logró sanear el reino a base de penitencia y rogativas.

De haberse interesado por mi opinión, hubiera informado a mis padres que además de tener poca confianza en Ladrillos Mágicos, me encontraba muy cómoda en mi situación de soltera. Pero nada preguntaron y yo nada dije; más que nada por no incomodarlos. Estaban tan ilusionados…

El día previsto, salí vestida con mis mejores galas hacia el Santuario. Me acompañaron mis padres, don Leandro con la misión de vigilar que se hiciera el rito según los cánones, y a quien decíamos el Chatón, que se ofreció a llevarnos en su coche porque había quedado viudo con dos hijos pequeños y no le hacía ascos a que el Ladrillo Milagroso le encontrara otra mujer.

Durante el viaje, don Leandro nos obligó a rezar el rosario para predisponer al santo a nuestro favor.

Imaginaros la decepción cuando ya en el Santuario de san Gregorio Ostiense, al preguntar por el Ladrillo, nos enteramos de que lo habían robado.

-¿Quién puede robar un Ladrillo Milagroso? –se preguntó don Leandro en voz alta.

No contesté a la pregunta, pero fantaseé jocosa que quizás lo hubiera robado para que nadie más sufriera su sino, alguien que le echaba la culpa, al ladrillo, de verse desgraciadamente casado por haberlo pisado quizás sin querer.

El caso es que yo permanezco felizmente soltera, pero…

Pero el otro día, en el Diario de Navarra, salió la noticia de que se ha encargado a un artesano riojano la creación de una réplica del Ladrillo que será colocado en el mismo lugar que el original el próximo doce de septiembre, coincidiendo con el día que se conmemora al santo, después de ser bendecido por el sr. Obispo.

Como se entere Madre seguro que insiste en que vaya a pisarlo.

Pues no, y no porque yo crea en esas cosas, pero por si acaso. Antes de verme pisando el Ladrillo Mágico, lo robo.

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25 Agosto 2009

(290) CLASE DE SEDUCCIÓN.

La semana pasada, andando por Pamplona entre un calor que ya está bien, joe, que no se puede soportar, escuché a lo lejos gritar mi nombre.

En un principio no la reconocí. Ella, al verme el gesto, exclamó:

-Pero Mariana, no me digas que no sabes quién soy. Soy Marisa, de casa Mandarra.

¡La Marisa! De repente se me volcaron a la memoria mil recuerdos. ¡Que tiempos aquellos de hace no menos de veinte años! Era del valle, vecina de un pueblo cercano al mío; cinco o seis años más joven que yo, y aunque pertenecíamos a cuadrillas distintas, nos teníamos aprecio porque fueron muchas las veces que llevamos juntas vacas al mercado de Pamplona.

Pero estaba tan cambiada... La Marisa que yo conocí era regordeta y timidilla, sonrosada, con dos coletas negras que le caían hasta media espalda. La Marisa actual es espigada, alta, que de acuerdo que ya lo sería, pero se le notaba más por lo delgada, con el pelo a lo chico, sin una joya, ni pendientes, vestida con una blusa de seda negra y un pantalón vaquero blanco entallado. La Marisa que me saludó era absolutamente andrógina, lo que no evitaba que la feminidad le desbordara por todos sus poros. Y sonreía con una franqueza y desparpajo que no le tenía visto.

Me sentí vieja a su lado. Vieja y aldeana.

Tuvimos el tiempo justo para ponernos al día de las novedades. Yo le hablé de Madre y que ahora vivíamos en Pamplona en casa de mi hermano. Ella me contó que se había casado, tenido una hija y divorciado “Pero no por ese orden”.

-¿Qué?

-Pues que primero me casé, luego me divorcié y más tarde me quedé embarazada. Todo con el mismo hombre –se ríe.

Quedamos en que nos llamaríamos para cenar, y nos dimos los números de los telefonicos estos pequeños sin cables que se pueden llevar a todos los sitios.

El viernes, a eso de las siete y media de la tarde, cuando estaba recogida del calor en casa, enfrente al aparatico este que tenemos al que le echas hielo y agua y saca airico fresco, recibo la llamada de la Marisa:

-Mariana.

-¿Sí?

-Oyes, que he quedado con una amiga para cenar y he pensado en ti. A ver si te apuntas.

-¿Para cuando?

-Para dentro de una hora en el bar Bel-din.

-Esto... –pienso una excusa porque ya me había acomodado en casa..

-Oye, que nos tenemos que preparar. Nos vemos a las ocho y media en el bar Bel-Din. ¿Sabes donde está?

Me puse mis mejores galas: La falda que yo digo minifalda pero que en realidad es midifalda porque me llega hasta la rodilla, aunque cuando me siento algo de muslo ya enseño, y la blusa rosa palo que tan bien me sienta. Ah, y me dejé suelto un botón de más de la blusa, que no quería ser tachada de mojigata.

La amiga de la Marisa se llama Blanca y es una mujer de más o menos la misma edad que Marisa. Rubia, con una coleta de caballo que le nacía desde lo alto de la cabeza. Vestía camisa rojo fuego y una minifalda color marrón claro que no necesitaba sentarse para mostrar mucho más que yo.

Marisa nos vino con un vestido azul jaspeado corto sin mangas que resaltaba su moreno extremo.

Teníamos mesa reservada en el Catachú a las nueve y media, e hicimos tiempo en dos bares, bebiendo mini de cerveza en el primero y un vino en el último.

A la hija de Marisa, una preciosidad de según las fotografías que me enseñó unos quince años, le tocaba ese fin de semana quedarse con su padre. Blanca está de Rodríguez hasta final de mes; tiene al marido y los hijos veraneando esta última quincena de Agosto en la Costa Brava. Durante la cena nos contó en clave de humor lo a gusto que estaba sola, y la pena que le daba el que pronto se le acabaría lo bueno. Afirmó que se estaba pensando muy mucho pedir el divorcio. “Pero claro, seguro que mi marido quiere endilgarme a los críos, y así no me compensa”. Lo decía de tal forma que en ningún momento sospeché otra cosa sino el que estaba jocosamente exagerando.

Para picar pedimos mejillones a la marinera que estaban excelentes, pimientos a la sidra muy buenos, tanto que, aunque cuando nos los presentaron dijimos que eran demasiados, no dejamos ni uno, que hasta untamos, y pastel de espárragos que fue lo que menos nos gustó pero tampoco sobró. De segundo, Marisa, manitas de ministro, Blanca, merluza en salsa verde, y yo escalopines de solomillo con salsa de setas. De postre, ellas, pastel de queso. Yo me pedí sorbete de limón porque estaba al borde del empacho.

Cafés, crema de pacharán invitación de la casa, que, como dejaron la botella en la mesa, no nos privamos de repetir.

Ahítas, tanto que fue trabajoso levantarnos de las sillas, salimos del restaurante hacia una terraza de la cercana Plaza del Castillo.

Estábamos alegres, que el vino y los chupitos habían hecho su efecto, lo que no fue obstáculo para encontrarme entre las manos, al igual que mis amigas, con unos cubatas de Barceló.

La conversación se hizo pícara, que hasta alabamos varios culos, alguno sin cumplir todavía los treinta.

Y ligamos.

Discutíamos sobre si irnos o quedarnos un rato más, cuando tres cuarentones de buen ver nos preguntaron si podían sentarse con nosotras.

Ellas lo debían haber practicado, porque Blanca, con una desinhibición que me sorprendió, imitando un anuncio que tengo mil veces visto sobre un seguro de coches, con música de creo que se llama la canción “El Coche de Papá”, de los payasos de la tele, les cantó:

-No que sois muy feos. Sí.

Marisa siguiendo el ritmo dijo:

-Sí.

A lo que yo me sumé, roja como la grana con otro “sí”.

Y soltamos una gran carcajada. Yo a destiempo.

-¡Joder, con las leonas! –exclamó uno de ellos.

-Y en la mesa ésta al lado vuestro, ¿podemos sentarnos? –preguntó otro.

-Si no vais a estar en plan pelma, sentaros donde queráis –aceptó Blanca.

No sé si mis amigas no se enteraron o se hicieron las sordas, pero yo sí escuché perfectamente un “y a esas bellezas sírveles lo que estén tomando”, cuando los cuarentones de buen ver pidieron sus consumiciones al camarero.

Entre puyas y bromas terminamos juntando las mesas, y a mi, que ejercí sobre todo de oyente, me impartieron entre Marisa y Blanca, una de las más valiosas clases de seducción que nunca haya recibido.

Terminamos la noche los seis en un pub de los elegantes, de esos que tienen sillones, bebiendo dos botellas de champagne francés.

Pasadas las tres de la madrugada, mis dos amigas y yo nos despedimos de los animosos cuarentones. Ellos se empeñaron en que les diéramos nuestros números del telefónico ese pequeño y sin cables que se llevan a todos los sitios, pero nos negamos. A cambio les cogimos los suyos prometiéndoles que a no mucho tardar les aceptaríamos su invitación para cenar.

Al día siguiente me llamó Marisa para preguntarme qué tal lo había pasado. Yo, que sufría las terribles consecuencias de tanto exceso, le contesté que de maravilla, que a ver cuando lo repetíamos.

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19 Agosto 2009

(289) JUGANDO CON SUEÑOS.

Mantengo la teoría de que las carencias pueden ser satisfechas por medio de los sueños. Es decir, y por poner unos ejemplos: Una persona que sueñe habitualmente tener un gran amor, es posible que sienta mucho menos la tragedia de haberlo perdido. Alguien que no conoció a sus padres puede sufrir el trauma del huérfano, pero soñando de forma recurrente que mantiene una relación con ellos, quizás el trauma no se desarrolle hasta extremos patológicos.

En otras palabras, creo que quizás, tal vez, el sueño y la vigila sean como vasos comunicantes, y lo vivido en el sueño pueda suplir las carencias de la vigilia.

Advierto que esta teoría es mía, y que no está basada en ningún estudio científico. Al menos que yo sepa.

Hace ya muchos años que tengo olvidadas mis investigaciones sobre el sueño, pero en tiempos ideé un artilugio con el que pretendía dominarlos. Era sencillo. Consistía en unos sensores que al captar la fase de movimiento rápido de los ojos (REM), que es cuando se sueña, activarían un aparato a través del cual recibiría la persona dormida un calambrazo. El calambrazo debía ser calibrado de forma precisa, de manera que sin despertar al durmiente, éste sí lo sintiera entresueños haciéndose consciente de estaba experimentando una fantasía onírica.

Si mi invento funcionase, no tendríamos límites salvo la imaginación para hacer de forma consciente lo que quisiéramos durante el sueño: volar, sentirte el científico cuyas investigaciones dieran como fruto la solución a cualquier enfermedad o el cultivo que eliminase el hambre en el mundo, ser la persona más atractiva, convertirte en invisible, vivir las mejores proezas sexuales, colonizar Marte, disfrutar de la amistad de una mariposa o de un tiburón y que éstos hablaran o no...

No sé si por el calor, pero el caso es que últimamente ha habido ocasiones en las que no he precisado mi proyecto de invento sobre los sueños para apreciar que lo que estaba viviendo era una fantasía onírica.

En el primer sueño me enfrenté a un monstruo caricaturesco. Un ser con aspecto de humano de más de cinco metros de altura, feo como no se puede ser más, con brazos enormes que le caían por debajo de las rodillas. Dando por cierto de que no estaba en estado de vigilia, sin ningún miedo me lancé en un salto imposible, con un bolígrafo como arma, hacia su único ojo. Salí indemne del ataque, pero tampoco conseguí mi propósito de vencerlo. Ya os he dicho que sabía que estaba en mitad de un sueño, pero claro, era todo tan real que empecé a plantearme si estaba o no en lo cierto; “¿A ver si el monstruo es real y estoy haciendo la gilipollas? Pensé. Y mientras lo pensaba desperté.

Fue un sueño agradable e intenté retomarlo, pero no pude.

Durante el siguiente sueño que fui consciente de que se trataba de una fantasía onírica, no sentí el impulso de manejarla a mi antojo, y sólo la disfruté estando muy atenta a lo que ocurría y las sensaciones que me procuraba. No me preguntéis sobre la trama, porque cuando iba a detallárosla me he dado cuenta de que la he olvidado.

Sobre el tercer sueño, estando compartiendo confidencias con una conocida del pueblo, algo que hizo o dijo ella me desveló que no estaba en estado de vigilia. Esa fantasía onírica sí que la disfruté; dejé a la conocida con la palabra en la boca y me lancé a un vuelo que me trasladó no sólo a través del espacio sino también del tiempo, y pude ver desde los más queridos momentos de mi adolescencia hasta la venta de un cuto en un mercado en tiempos romanos. Ah, y cabalgué en tigre. Un tigre precioso.

También he tenido otra clase de sueños que he podido manipular, pero claro, sabéis que hay temas que por pudor nunca abordaré en público.

No sé si será el calor que afecta a mi dormir, pero estoy deseando que llegue la hora en la que me voy a la cama porque aspiro a tener sueños que me alejen de la realidad y sus miserias.

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MARIANA LA ALDEANA

Pamplona, España
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Me dicen la Mariana, y hasta que las circunstancias obligaron a trasladarme a casa de mi hermano en Pamplona, vivía feliz con Madre en un pueblo del que terminamos siendo sus únicas habitantes. Mi sobrina la Luzi me aconsejó que para no aburrirme escribiera esta bitácora, y aunque al principio no estaba muy convencida, he terminado enganchada a esto. ¡Que inventos! Ah, el diecisiete de Febrero vuelvo a cumplir mis cincuenta años... y sigo mocita. Autor: Julio Luis Ezpeleta

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